Psiquiatría express
Le conté mi vida, o por lo menos un resumen de los hitos que considero más importantes y que me han marcado.
Después de todo resulta que he luchado por esconderlo. Tal vez mi personalidad perfeccionista se encargó de camuflarlo a los ojos externos. Sin embargo, llevo al parecer la ansiedad y la depresión en la sangre.
Es hora de aceptarlo.
Siento que debo hacerlo para salir adelante porque me ha aplastado. Me derrotó. Lo sé y lo reconozco.
Hay momentos en que uno necesita entender para poder nombrar las cosas. Hoy tuve ese momento. Y es aligerante. Revelador. Me siento con esperanza.
—Las noticias son buenas— dijo la psiquiatra.
Y creo que tiene razón.
Pero en el fondo, mi intuición me trata de alejar con mucha fuerza de este camino de los medicamentos. No sé por qué. Desde hace algún tiempo vengo sintiendo la necesidad de hacerle caso a mi intuición.
Lo sé. Lo siento.
Medicamentos, hoy no.
Sin embargo, salí con una fórmula en la mano después de menos de una hora de conversación.
Me pregunto cómo puede caber una vida entera en una consulta. Cómo se traducen los duelos, las pérdidas, los miedos, las preguntas sin respuesta y las heridas antiguas en unas cuantas palabras técnicas y una dosis diaria.
No lo digo con arrogancia. Tampoco con desconfianza hacia la ciencia.
Lo pregunto porque no sé.
Porque una parte de mí entiende que el sufrimiento puede enfermar. Pero otra parte sospecha que también puede enseñarnos algo.
Vivimos en una época extraña. Tenemos aplicaciones para dormir, relojes que vigilan nuestro corazón, algoritmos que predicen nuestros gustos y pastillas para regular nuestros estados de ánimo.
Todo parece apuntar hacia la misma dirección: sentir menos fricción.
Y entonces me pregunto si algunas veces estamos tratando una enfermedad o simplemente una experiencia humana.
Si la tristeza siempre necesita corregirse.
Si la ansiedad siempre necesita silenciarse.
Si el vacío siempre necesita llenarse.
O si existen dolores que no vinieron a ser eliminados, sino comprendidos.
Tal vez estoy equivocado.
Tal vez la medicación sea exactamente el puente que necesito para regresar a mí mismo.
O tal vez, en nuestro afán por no sufrir, estamos perdiendo la capacidad de escuchar lo que el sufrimiento intenta decir.
No tengo respuestas.
Solo preguntas.
Y quizá por eso, más que la fórmula que llevaba en el bolsillo, lo que realmente me acompañó de regreso a casa fue una duda.