El límite invisible
A veces vamos bien, a veces no tanto.
Eso decimos. Eso repetimos.
Como si “ir bien” fuera un destino claro, una coordenada compartida.
Pero ¿qué es estar bien?
¿Quién trazó esa frontera?
¿En qué momento aprendimos que hay un lado correcto y otro que no lo es?
Tal vez cada uno define su propio límite.
Pero entonces, ¿cómo acordamos dónde empieza el estar mal?
¿Es una línea precisa o una sombra que se mueve según la luz del día?
Imagino que esa línea se difumina.
Que deja de ser frontera y se vuelve bruma.
Y si eso ocurriera, ¿seguiríamos preguntándonos cómo estamos?
¿O simplemente aceptaríamos que estamos… sin adjetivos?
Me inquieta no saber cómo estoy.
Porque sentimos que todo necesita un nombre.
Y no solo un nombre: una categoría, una explicación, una narrativa que lo ordene.
Reflexiono sobre el estar porque temo vivir en automático.
Porque pienso que, si no me detengo a preguntarme, podría pasar por la vida sin haber estado realmente en ella.
Podría morir sin haber sabido cómo estaba.
Hay algo que existe en mí con absoluta certeza,
pero no lo comprendo.
Y lo que no comprendo me inquieta.
A veces creo estar bien hasta que no lo siento.
Y cuando no lo siento, concluyo que algo anda mal.
Confundo la ausencia de euforia con carencia,
la calma con vacío,
el silencio con error.
Hoy empiezo a sospechar que “estar bien” y “estar mal” no son estados,
sino interpretaciones.
Pequeñas narrativas mentales que intentan organizar lo inabarcable.
Estoy confundido.
Y por primera vez no quiero salir corriendo de esa confusión.
La confusión me obliga a detenerme.
A mirar sin conclusiones apresuradas.
A habitar el presente sin etiquetarlo.
Tal vez la claridad no sea la ausencia de duda,
sino la capacidad de permanecer en ella sin miedo.
Hoy no sé si estoy bien.
No sé si estoy mal.
Solo sé que estoy.
Y por ahora, eso basta.