Más

No deja de maravillarme la energía —casi la efusión— con la que las personas a mi alrededor avanzan cada día.
Un nuevo amanecer para comerse el mundo.
Más rápido. Mejor. Más grande. Más eficiente.
Tu mejor versión.
Si no te comes el mundo, el mundo te come.
Más dinero. Más logros. Más. Nunca es suficiente.

Desde que tengo memoria he observado ese impulso en los demás, sin saber con certeza si nace de las vísceras o si es simplemente un vehículo para alcanzar algo más, una pieza dentro de un plan mayor.

Para observar hay que detenerse. Permanecer. Estar.
Entender el entorno y absorber lo que llega a través de los sentidos.

Recuerdo una fiesta de cumpleaños. Yo tendría siete años. Estaba inmóvil, sudoroso, nervioso, retraído. Los otros niños corrían, gritaban, reían. Yo miraba. No sé qué pasaba exactamente por mi mente, pero hoy sé cómo me sentía: abrumado. Sin saber qué movimiento hacer, qué palabras decir. Mientras ellos jugaban, yo analizaba. Exploraba posibilidades en silencio. Observaba sus personalidades. Me preguntaba por qué hacían lo que hacían. Y, sobre todo, qué hacía yo ahí. Por qué no se sentía cómodo habitar mi propio cuerpo.

Treinta años después entiendo algo que entonces no podía nombrar: mi naturaleza era observar. Analizar. Comprender.
Salir a la orilla del río y contemplar cómo el agua pasa, cómo la corriente trae y se lleva cosas.

He sufrido momentos incómodos por ser el extraño en la mesa. El callado. El que no sabe qué decir cuando la conversación fluye ligera, natural, sin esfuerzo. Pero hoy entiendo algo esencial: para apreciar el entorno hay que detenerse. Absorber. “No hacer nada”.

Para muchos no es una tarea fácil.
Para mí es paz.

Disfruto mirar detenidamente una planta, un río, un rostro, un paisaje. La vida.
Tal vez vine al mundo a eso: a observarlo, a contemplarlo, a apreciarlo. Y ya.

Quizás por eso la energía desbordada por buscar siempre “más” se siente, en mí, como una contradicción.
Espero encontrar mi lugar en esa contemplación.
Porque ahí, justamente ahí, está mi alma.

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El límite invisible